martes, 12 de mayo de 2009

007


Hacía media hora que había llegado a la oficina. Mi despacho y la mesa continuaban, como siembre, en su lugar habitual: al fondo del pasillo y cerca de la oficina del jefe. Como cada mañana encendí el ordenador, abrí la carpeta de los expedientes, saqué los sellos y las tintas, y guardé mi merienda dentro del último cajón. Sólo algo era distinto. Por primera vez en la historia de aquel despacho, mi compañera, una aburrida funcionaria de la administración igual que yo, aún no había llegado.

 

En los diez años que llevábamos compartiendo despacho jamás había faltado,  ni  siquiera había llegado tarde por dormirse y nunca se había puesto enferma.

Era la única persona en el mundo que se caracterizaba por llevar siempre tres relojes de pulsera en su mano. Aparte de eso y su excesiva propensión al orden, poco más sabía de ella. Sin embargo, aquella mañana, su mesa parecía la de otra persona. Papeles revueltos, el bote de los lápices sobre el teclado del ordenador y la grapadora del revés. Todo aquello me tenía bastante extrañado.

 

Dos horas más tarde la mismísima Marisol Fernández entraba por la puerta, desprendiendo a través de su aroma y nuevo look una apariencia inusitada, primaveral e incluso, jamás pensé que pudiera decir algo así, ..atractiva. Nunca había dedicado más allá de cinco minutos para observarla. Sus grandes gafas metálicas, su pelo lacio y moreno recogido en coleta y sus trajes sin gracia me aburrían casi tanto como aquellos expedientes que sellaba cada día.

.

La nueva Marisol entró con garbo, incluso me lanzó una mirada tan desafiante que de sus increíbles ojos azules, camuflados por tanto tiempo, parecían salir rayos que paralizaban mi posición y habla.

 

Bue…enos días ¿qué tal?, dije yo, y como un niño pequeño, extrañado y un tanto asustado, sumergí mi mente y mi mirada en la pantalla de ordenador, claramente desconcertado.

 

Ella se quitó la chaqueta, llevaba un vestido nada más y nada menos que rojo. Increíble, y… por encima de las rodillas. Movió la silla y se sentó lentamente, cruzando las piernas con gran delicadeza, tanto que mis ojos, ya hacía un rato que habían abandonado el ordenador para posarse directamente sobre aquellos brillantes zapatos de charol negro.

 

Sin ordenar su mesa, encendió el ordenador y descolgó el teléfono marcando un número. Mientras hablaba se observaba las uñas, a juego con su vestido, y balanceaba las piernas moviendo aquellos zapatos en sentido circular siguiendo las agujas del reloj, y yo,  …yo, estaba como hipnotizado, no podía hacer otra cosa que seguir aquel movimiento, girando mi cabeza en el mismo sentido.  Tiroríro… tiro…riro. …..riro..  …. riro

Así pasaron varios minutos.

 

¿Qué le ocurría a aquella mujer? ¿Se había vuelto loca? ¿ Era la hermana guapa y tonta de mi eficiente compañera?. Algo pasaba. Pero, ¿Qué?

 

Sin abrir ni un solo expediente,  Marisol se levantó para irse al baño, lanzando antes una mirada desafiante a un marco de fotos que descansaba sobre su mesa y que también parecía nuevo.

 

¿A quién mirará? Me pregunté.

Lo mismo hasta se ha echado novio, ya era hora…

El caso,  es que comencé a sentir una enorme curiosidad por aquella foto.

Decidido, me levanté y con paso firme, me dirigí hacia su mesa. Justo en aquel momento, cuando estaba a punto de concluir mi hazaña, entró Marisol y casi me pilla infraganti, menos mal, que por si acaso,  había inventado la excusa.

Esperé a que se sentara, apoyando  mi cadera en el ángulo de su mesa. Ella no dejaba de mirarme fijamente con sonrisa pícara. Jamás pensé que aquella mujer gris pudiera esconder tantos secretos. ..

 

¿Qué quieres? Me dijo

 

- La, .. ..Necesito…. la grapadora…. Esto, no, quería decir la calculadora.

 

Aproveché el momento en el que ella habría el cajón para observar la fotografía. Allí donde yo esperaría encontrar la foto de un apuesto hombre, o un hombre sin más, que hubiera generado todo aquel cambio en ella, encontré una fotografía de James Bond.

Aquello comenzaba a convertirse en algo tan surrealista que volví tan deprisa como pude a mi sitio. Respiré hondo.

 

Las horas pasaban y ella seguía como si estuviera de vacaciones. Primero tarareando, luego leyendo revistas .. y más tarde escuchando música con un mp3. Insólito

 

Ese extraño universo Fernández, me tenía alarmado y fascinado a la par. Yo tampoco había abierto un solo expediente en toda la mañana, ni siquiera había movido el ratón del ordenador.

Mientras me embriagaba de esa fantasía, observé por la ventana que el jefe se dirigía directamente a nuestro despacho e  intenté reaccionar rápido. Debía avisar a Marisol con gestos, aunque pronto me di cuenta que  no servía de mucho gritar mientras ella tuviera los cascos puestos. Así que pasé a los gestos. Pero nada, allí seguía en su mundo.

Me levanté rápidamente y abrí la puerta para entretener yo mismo al director.

 

-       Buenos días Sr López, ….parece que ha llegado la  Primavera ….

-       ….Tiene usted buen aspecto….

 

Mientras yo salvaba el pellejo de Marisol, ésta salió tan campante del despacho sin rumbo definido.

 

- Manuel, enseguida vuelvo...  , me dijo ella.  

 

El Director no parecía querer nada en especial, así que, tras esos momentos de agobio individual, me dirigí de nuevo al despacho.

La mesa de Marisol seguía siendo como un auténtico desván lleno de trastos. Ahora  sobre su mesa había colocado un pintalabios tumbado, sus tres relojes de pulsera y un patito de goma. Todos se proyectaban como una flecha hacía la cajonera.

Observé entonces  que  el segundo cajón, entreabierto, un  sobre alargado, se destacaba del resto de las cosas. Para Mi agente especial decía con letra de Marisol y  en rotulador negro. Aquel mensaje parecía tener relación  con el retrato y con aquellos objetos, cuya curiosa disposición sobre la mesa, fue cobrando poco a poco, ante mis ojos, la forma de un revolver.  

No pude evitar leer  el contenido de aquel sobre.

Dentro había una tarjeta,  donde Marisol  había  escrito:

 

Hola Manuel. Valiente. Te espero en el bar de la esquina

 

 

 

lunes, 4 de mayo de 2009

CLARA

Aquella era una mañana soleada, los rayos de mediodía se filtraban a través de las persianas y tamizaban su cristalina piel. Los ojos de Clara, que acababa de despertarse, observaban aquella libreta azul que descansaba cerrada sobre su mesilla de noche. Se incorporó y la abrió por primera vez. Estaba en blanco, hacía ya dos meses que la había comprado.

Esas hojas desiertas, podrían ser según su psiquiatra la posible solución a sus problemas, sólo debía encontrar la forma de darles vida, de llenarlas: pero cómo..

Clara cogió la libreta y se dispuso a inaugurarla con la fecha de aquel día. Un gran desasosiego recorrió todo su interior, no sabía que día de la semana era; Lunes, Martes, Miércoles…no recordaba nada, ni siquiera qué había ocurrido ayer. En un gesto desesperado saltó de la cama para buscar un calendario, dándose cuenta entonces que estaba vestida con ropa de calle. Al desasosiego inicial se unió un pronunciado mareo que se potenciaba cada vez más con la pesadez de su cuerpo intentando moverse por la casa de sus padres. Estaba sola, desorientada y su ritmo era cada vez más acelerado.

No encontró ningún calendario en el salón, ni en las habitaciones, ni en la cocina, ni en el baño; ni en el videt…

De forma convulsiva decide darse una ducha, enciende el grifo sin tener en cuenta la temperatura y se lanza al interior como quien da un salto al vacío con los ojos cerrados. El agua está helada y Clara emite un desesperado grito, aunque nadie la oye. Termina como puede de ducharse, seca su cuerpo con una pequeña toalla para las manos y se comienza a secar el pelo de cualquier manera.

Con gran inquietud se viste, dirigiéndose después al armario; lo abre, hay poca ropa y ésta comienza a perder su forma y proporción a través de la mirada de Clara. Una extraña frialdad recorre su cuerpo hasta llegar a sus manos, tira de unos pantalones verdes y coge un jersey naranja, arrastrando el resto de la ropa al suelo. Aún está muy mareada y la realidad que le rodea comienza a distorsionarse, intenta entonces calmarse, aquella sensación es una vieja compañera de fatigas.
Se dirige hacía el espejo y se observa horrorizada, su rostro está lleno de ronchones y las ojeras han adquirido una tonalidad violácea, se embadurna con tres capas de maquillaje, creando una especie de máscara que completa con sombra de ojos morada y pintura de labios rojo carmín.
Clara se calza los zapatos, coge la libreta azul que mantiene abierta, un lápiz y sale de casa.

Una intensa luz cegadora paraliza sus movimientos. En la calle, todo parece seguir el ritmo habitual de la gran ciudad, unos vienen y otros van, siempre deprisa. Clara se queda parada, indefensa en medio de aquel caos. En una de esas oleadas humanas cae al suelo sin remedio rasgándose las rodillas. Allí se queda unos minutos mientras la circulación sigue su curso improvisando una nueva vía, que deja una isla en el centro, dónde Clara, asustada, queda paralizada sin saber que hacer. Podría haber pasado horas en aquella posición de no ser por un hombre de unos cincuenta años que recogió su agenda azul y se la ofreció ayudándola a incorporarse. Un pensamiento fugaz llegó a la memoria de Clara recordándola la importancia de conocer la fecha y el día para encabezar la primera página de su libreta. Por la respuesta de aquel tipo supo que era Lunes, día 1 de febrero.

No sabía muy bien hacía dónde dirigirse, su mundo conocido se reducía a muy pocos espacios, y todos ellos en el barrio. Como por inercia cruzó la calle y se dirigió a la plaza, sin duda uno de los lugares dónde más tiempo había pasado aquellos últimos años. También allí todo seguía su ritmo habitual, o, más bien la ausencia de este. En el hemiciclo de piedra Paco y los otros estaban sentados tomando el sol, como siempre, herméticos en su mundo, disfrutaban con su estado de embriaguez después del primer chute del día. Eran los auténticos reyes de la ciudad, del paro, del sol.

Según se acercaba hacia ellos, Clara observó a una pequeña de unos seis o siete años que jugaba con la arena ante la atenta mirada de su abuelo.

Hola, dijo Clara dirigiéndose a Paco.
Nadie responde. Decide sentarse a la izquierda de éste. Paco es un chico moreno, de la edad de Clara, viste vaqueros y chupa de cuero y enmascara su mirada con unas oscuras gafas de sol, su aspecto es descuidado.
Clara abre de nuevo su libreta y apunta la fecha en la primera página y comienza a garabatear. Transcurridos unos minutos opta por romper el silencio que la separa de Paco.

- ¿Habéis conseguido algo para hoy?

Paco vuelve la mirada hacia Clara

- Si, pero ya no queda.
- No importa, hace un mes y medio que no lo pruebo

Clara vuelve a su libreta, a sus dibujos y cambia de tema.

- A mí lo que más me gusta es la arquitectura, sabes. Puedo pasar horas enteras frente al ordenador leyendo.

Nadie la mira,… Clara observa de nuevo a la niña ..y continua con su discurso.

- Yo de pequeña, cuando tenía cinco o seis años gané un concurso de pintura en unos grandes almacenes y me dieron un premio y todo.

Sin obtener ningún tipo de respuesta, Clara sigue desplegando todos sus encantos intentando atrapar la atención de Paco.

- También me gusta mucho ligar chateando por Internet, se conoce a gente muy interesante, sabes.

Ante la apatía y falta de comunicación de Paco y los otros, Clara centra su atención en la plaza y los elementos que la forman. En pocas ocasiones había sido capaz de hacerlo. Pasa la página y comienza a apuntar todas cosas que ve: cuatro bancos, arena, una fuente con una escultura en el centro, pájaros, un periódico, e incluso percibe el olor a café que proviene del bar de la esquina y que otorga cierta personalidad a aquel lugar. Una hora más tarde decide volver a casa y lo hace sin despedirse.

La casa está fría y oscura, Clara decide encender el ordenador, acaba de recordar que dos días antes había creado una cuenta personal en un chat para ligar. Decide consultar su buzón y se sorprende al observar que tiene un mensaje. Lo abre, es de un tal Federico que tiene cuarenta años, es abogado y soltero; alguien que parecía tan solo como ella. También escribe que le gustaría conocer a chicas aventureras y divertidas, ¿eres así?.

Aquella pregunta turbó la tranquilidad de Clara, ¿lo era?.
Algo más de un mes era el tiempo que llevaba sin consumir heroína, era la vez que más había aguantado aquel horrible mono y todos sus efectos. El mensaje concluía con una propuesta de cita con lugar y hora.

Pese a sus dudas y miedos Clara decide contestar.

- Hola Federico, soy aventurera y arquitecta.

Antes de continuar coge la bola del mundo que sus tíos le regalaron cuando hizo la primera comunión y comienza a girarla, está llena de polvo. Al azar señala con su dedo varios lugares, y continúa su mensaje…

- Me gusta mucho viajar. He estado en San Petesburgo, China y…, Cáceres.
A mí también me gustaría conocerte..

Volvió a abrir la libreta, esta vez para apuntar todas las cosas que había dicho en aquel mensaje. Últimamente olvidaba casi todo. Luego comenzó a imaginar, ¿Cómo sería Federico? Quizás rubio, alto ..con barba. Comenzó a dibujarlo, también el lugar de su cita. Pero, ¿y ella?, no sabía muy bien donde situarse, así que decidió dibujarse de espaldas en un ángulo de la hoja. Cerró la libreta para volver a abrirla dos días después, frente a la puerta de aquellos grandes almacenes, donde había quedado con Federico.
Todo parecía tal cual lo había pintado, salvo que Federico era de mediana estatura y moreno, aunque, eso sí, tenía barba. Una marea de gente los separaba, y ella observaba desde la lejanía, escondida.
Mientras Federico miraba a su reloj y observaba nervioso a su alrededor. Clara decide respirar hondo, cerrar su libreta y abandonar su esquina. Atraviesa la avenida esquivando a la gente y se sitúa frente a Federico.

Hola Federico, soy Clara