Hacía media hora que había llegado a la oficina. Mi despacho y la mesa continuaban, como siembre, en su lugar habitual: al fondo del pasillo y cerca de la oficina del jefe. Como cada mañana encendí el ordenador, abrí la carpeta de los expedientes, saqué los sellos y las tintas, y guardé mi merienda dentro del último cajón. Sólo algo era distinto. Por primera vez en la historia de aquel despacho, mi compañera, una aburrida funcionaria de la administración igual que yo, aún no había llegado.
En los diez años que llevábamos compartiendo despacho jamás había faltado, ni siquiera había llegado tarde por dormirse y nunca se había puesto enferma.
Era la única persona en el mundo que se caracterizaba por llevar siempre tres relojes de pulsera en su mano. Aparte de eso y su excesiva propensión al orden, poco más sabía de ella. Sin embargo, aquella mañana, su mesa parecía la de otra persona. Papeles revueltos, el bote de los lápices sobre el teclado del ordenador y la grapadora del revés. Todo aquello me tenía bastante extrañado.
Dos horas más tarde la mismísima Marisol Fernández entraba por la puerta, desprendiendo a través de su aroma y nuevo look una apariencia inusitada, primaveral e incluso, jamás pensé que pudiera decir algo así, ..atractiva. Nunca había dedicado más allá de cinco minutos para observarla. Sus grandes gafas metálicas, su pelo lacio y moreno recogido en coleta y sus trajes sin gracia me aburrían casi tanto como aquellos expedientes que sellaba cada día.
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La nueva Marisol entró con garbo, incluso me lanzó una mirada tan desafiante que de sus increíbles ojos azules, camuflados por tanto tiempo, parecían salir rayos que paralizaban mi posición y habla.
Bue…enos días ¿qué tal?, dije yo, y como un niño pequeño, extrañado y un tanto asustado, sumergí mi mente y mi mirada en la pantalla de ordenador, claramente desconcertado.
Ella se quitó la chaqueta, llevaba un vestido nada más y nada menos que rojo. Increíble, y… por encima de las rodillas. Movió la silla y se sentó lentamente, cruzando las piernas con gran delicadeza, tanto que mis ojos, ya hacía un rato que habían abandonado el ordenador para posarse directamente sobre aquellos brillantes zapatos de charol negro.
Sin ordenar su mesa, encendió el ordenador y descolgó el teléfono marcando un número. Mientras hablaba se observaba las uñas, a juego con su vestido, y balanceaba las piernas moviendo aquellos zapatos en sentido circular siguiendo las agujas del reloj, y yo, …yo, estaba como hipnotizado, no podía hacer otra cosa que seguir aquel movimiento, girando mi cabeza en el mismo sentido. Tiroríro… tiro…riro. …..riro.. …. riro
Así pasaron varios minutos.
¿Qué le ocurría a aquella mujer? ¿Se había vuelto loca? ¿ Era la hermana guapa y tonta de mi eficiente compañera?. Algo pasaba. Pero, ¿Qué?
Sin abrir ni un solo expediente, Marisol se levantó para irse al baño, lanzando antes una mirada desafiante a un marco de fotos que descansaba sobre su mesa y que también parecía nuevo.
¿A quién mirará? Me pregunté.
Lo mismo hasta se ha echado novio, ya era hora…
El caso, es que comencé a sentir una enorme curiosidad por aquella foto.
Decidido, me levanté y con paso firme, me dirigí hacia su mesa. Justo en aquel momento, cuando estaba a punto de concluir mi hazaña, entró Marisol y casi me pilla infraganti, menos mal, que por si acaso, había inventado la excusa.
Esperé a que se sentara, apoyando mi cadera en el ángulo de su mesa. Ella no dejaba de mirarme fijamente con sonrisa pícara. Jamás pensé que aquella mujer gris pudiera esconder tantos secretos. ..
¿Qué quieres? Me dijo
- La, .. ..Necesito…. la grapadora…. Esto, no, quería decir la calculadora.
Aproveché el momento en el que ella habría el cajón para observar la fotografía. Allí donde yo esperaría encontrar la foto de un apuesto hombre, o un hombre sin más, que hubiera generado todo aquel cambio en ella, encontré una fotografía de James Bond.
Aquello comenzaba a convertirse en algo tan surrealista que volví tan deprisa como pude a mi sitio. Respiré hondo.
Las horas pasaban y ella seguía como si estuviera de vacaciones. Primero tarareando, luego leyendo revistas .. y más tarde escuchando música con un mp3. Insólito
Ese extraño universo Fernández, me tenía alarmado y fascinado a la par. Yo tampoco había abierto un solo expediente en toda la mañana, ni siquiera había movido el ratón del ordenador.
Mientras me embriagaba de esa fantasía, observé por la ventana que el jefe se dirigía directamente a nuestro despacho e intenté reaccionar rápido. Debía avisar a Marisol con gestos, aunque pronto me di cuenta que no servía de mucho gritar mientras ella tuviera los cascos puestos. Así que pasé a los gestos. Pero nada, allí seguía en su mundo.
Me levanté rápidamente y abrí la puerta para entretener yo mismo al director.
- Buenos días Sr López, ….parece que ha llegado la Primavera ….
- ….Tiene usted buen aspecto….
Mientras yo salvaba el pellejo de Marisol, ésta salió tan campante del despacho sin rumbo definido.
- Manuel, enseguida vuelvo... , me dijo ella.
El Director no parecía querer nada en especial, así que, tras esos momentos de agobio individual, me dirigí de nuevo al despacho.
La mesa de Marisol seguía siendo como un auténtico desván lleno de trastos. Ahora sobre su mesa había colocado un pintalabios tumbado, sus tres relojes de pulsera y un patito de goma. Todos se proyectaban como una flecha hacía la cajonera.
Observé entonces que el segundo cajón, entreabierto, un sobre alargado, se destacaba del resto de las cosas. Para Mi agente especial decía con letra de Marisol y en rotulador negro. Aquel mensaje parecía tener relación con el retrato y con aquellos objetos, cuya curiosa disposición sobre la mesa, fue cobrando poco a poco, ante mis ojos, la forma de un revolver.
No pude evitar leer el contenido de aquel sobre.
Dentro había una tarjeta, donde Marisol había escrito:
Hola Manuel. Valiente. Te espero en el bar de la esquina…
