lunes, 4 de mayo de 2009

CLARA

Aquella era una mañana soleada, los rayos de mediodía se filtraban a través de las persianas y tamizaban su cristalina piel. Los ojos de Clara, que acababa de despertarse, observaban aquella libreta azul que descansaba cerrada sobre su mesilla de noche. Se incorporó y la abrió por primera vez. Estaba en blanco, hacía ya dos meses que la había comprado.

Esas hojas desiertas, podrían ser según su psiquiatra la posible solución a sus problemas, sólo debía encontrar la forma de darles vida, de llenarlas: pero cómo..

Clara cogió la libreta y se dispuso a inaugurarla con la fecha de aquel día. Un gran desasosiego recorrió todo su interior, no sabía que día de la semana era; Lunes, Martes, Miércoles…no recordaba nada, ni siquiera qué había ocurrido ayer. En un gesto desesperado saltó de la cama para buscar un calendario, dándose cuenta entonces que estaba vestida con ropa de calle. Al desasosiego inicial se unió un pronunciado mareo que se potenciaba cada vez más con la pesadez de su cuerpo intentando moverse por la casa de sus padres. Estaba sola, desorientada y su ritmo era cada vez más acelerado.

No encontró ningún calendario en el salón, ni en las habitaciones, ni en la cocina, ni en el baño; ni en el videt…

De forma convulsiva decide darse una ducha, enciende el grifo sin tener en cuenta la temperatura y se lanza al interior como quien da un salto al vacío con los ojos cerrados. El agua está helada y Clara emite un desesperado grito, aunque nadie la oye. Termina como puede de ducharse, seca su cuerpo con una pequeña toalla para las manos y se comienza a secar el pelo de cualquier manera.

Con gran inquietud se viste, dirigiéndose después al armario; lo abre, hay poca ropa y ésta comienza a perder su forma y proporción a través de la mirada de Clara. Una extraña frialdad recorre su cuerpo hasta llegar a sus manos, tira de unos pantalones verdes y coge un jersey naranja, arrastrando el resto de la ropa al suelo. Aún está muy mareada y la realidad que le rodea comienza a distorsionarse, intenta entonces calmarse, aquella sensación es una vieja compañera de fatigas.
Se dirige hacía el espejo y se observa horrorizada, su rostro está lleno de ronchones y las ojeras han adquirido una tonalidad violácea, se embadurna con tres capas de maquillaje, creando una especie de máscara que completa con sombra de ojos morada y pintura de labios rojo carmín.
Clara se calza los zapatos, coge la libreta azul que mantiene abierta, un lápiz y sale de casa.

Una intensa luz cegadora paraliza sus movimientos. En la calle, todo parece seguir el ritmo habitual de la gran ciudad, unos vienen y otros van, siempre deprisa. Clara se queda parada, indefensa en medio de aquel caos. En una de esas oleadas humanas cae al suelo sin remedio rasgándose las rodillas. Allí se queda unos minutos mientras la circulación sigue su curso improvisando una nueva vía, que deja una isla en el centro, dónde Clara, asustada, queda paralizada sin saber que hacer. Podría haber pasado horas en aquella posición de no ser por un hombre de unos cincuenta años que recogió su agenda azul y se la ofreció ayudándola a incorporarse. Un pensamiento fugaz llegó a la memoria de Clara recordándola la importancia de conocer la fecha y el día para encabezar la primera página de su libreta. Por la respuesta de aquel tipo supo que era Lunes, día 1 de febrero.

No sabía muy bien hacía dónde dirigirse, su mundo conocido se reducía a muy pocos espacios, y todos ellos en el barrio. Como por inercia cruzó la calle y se dirigió a la plaza, sin duda uno de los lugares dónde más tiempo había pasado aquellos últimos años. También allí todo seguía su ritmo habitual, o, más bien la ausencia de este. En el hemiciclo de piedra Paco y los otros estaban sentados tomando el sol, como siempre, herméticos en su mundo, disfrutaban con su estado de embriaguez después del primer chute del día. Eran los auténticos reyes de la ciudad, del paro, del sol.

Según se acercaba hacia ellos, Clara observó a una pequeña de unos seis o siete años que jugaba con la arena ante la atenta mirada de su abuelo.

Hola, dijo Clara dirigiéndose a Paco.
Nadie responde. Decide sentarse a la izquierda de éste. Paco es un chico moreno, de la edad de Clara, viste vaqueros y chupa de cuero y enmascara su mirada con unas oscuras gafas de sol, su aspecto es descuidado.
Clara abre de nuevo su libreta y apunta la fecha en la primera página y comienza a garabatear. Transcurridos unos minutos opta por romper el silencio que la separa de Paco.

- ¿Habéis conseguido algo para hoy?

Paco vuelve la mirada hacia Clara

- Si, pero ya no queda.
- No importa, hace un mes y medio que no lo pruebo

Clara vuelve a su libreta, a sus dibujos y cambia de tema.

- A mí lo que más me gusta es la arquitectura, sabes. Puedo pasar horas enteras frente al ordenador leyendo.

Nadie la mira,… Clara observa de nuevo a la niña ..y continua con su discurso.

- Yo de pequeña, cuando tenía cinco o seis años gané un concurso de pintura en unos grandes almacenes y me dieron un premio y todo.

Sin obtener ningún tipo de respuesta, Clara sigue desplegando todos sus encantos intentando atrapar la atención de Paco.

- También me gusta mucho ligar chateando por Internet, se conoce a gente muy interesante, sabes.

Ante la apatía y falta de comunicación de Paco y los otros, Clara centra su atención en la plaza y los elementos que la forman. En pocas ocasiones había sido capaz de hacerlo. Pasa la página y comienza a apuntar todas cosas que ve: cuatro bancos, arena, una fuente con una escultura en el centro, pájaros, un periódico, e incluso percibe el olor a café que proviene del bar de la esquina y que otorga cierta personalidad a aquel lugar. Una hora más tarde decide volver a casa y lo hace sin despedirse.

La casa está fría y oscura, Clara decide encender el ordenador, acaba de recordar que dos días antes había creado una cuenta personal en un chat para ligar. Decide consultar su buzón y se sorprende al observar que tiene un mensaje. Lo abre, es de un tal Federico que tiene cuarenta años, es abogado y soltero; alguien que parecía tan solo como ella. También escribe que le gustaría conocer a chicas aventureras y divertidas, ¿eres así?.

Aquella pregunta turbó la tranquilidad de Clara, ¿lo era?.
Algo más de un mes era el tiempo que llevaba sin consumir heroína, era la vez que más había aguantado aquel horrible mono y todos sus efectos. El mensaje concluía con una propuesta de cita con lugar y hora.

Pese a sus dudas y miedos Clara decide contestar.

- Hola Federico, soy aventurera y arquitecta.

Antes de continuar coge la bola del mundo que sus tíos le regalaron cuando hizo la primera comunión y comienza a girarla, está llena de polvo. Al azar señala con su dedo varios lugares, y continúa su mensaje…

- Me gusta mucho viajar. He estado en San Petesburgo, China y…, Cáceres.
A mí también me gustaría conocerte..

Volvió a abrir la libreta, esta vez para apuntar todas las cosas que había dicho en aquel mensaje. Últimamente olvidaba casi todo. Luego comenzó a imaginar, ¿Cómo sería Federico? Quizás rubio, alto ..con barba. Comenzó a dibujarlo, también el lugar de su cita. Pero, ¿y ella?, no sabía muy bien donde situarse, así que decidió dibujarse de espaldas en un ángulo de la hoja. Cerró la libreta para volver a abrirla dos días después, frente a la puerta de aquellos grandes almacenes, donde había quedado con Federico.
Todo parecía tal cual lo había pintado, salvo que Federico era de mediana estatura y moreno, aunque, eso sí, tenía barba. Una marea de gente los separaba, y ella observaba desde la lejanía, escondida.
Mientras Federico miraba a su reloj y observaba nervioso a su alrededor. Clara decide respirar hondo, cerrar su libreta y abandonar su esquina. Atraviesa la avenida esquivando a la gente y se sitúa frente a Federico.

Hola Federico, soy Clara





3 comentarios:

  1. Hola Ana, te gusta escribir, tienes más cosas para colgar... besitos

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  2. Sí, me encanta. Llevo unos meses escribiendo relatos corto. Me gusta la forma de mirar, el tipo de temas, la capacidad de sugerir que tiene el cuento. Tengo la intención de ir actualizando una o dos veces por semana con nuevas historias. Gracias antihéroe!!!

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  3. He observado a Clara desde la distancia,
    he contemplado las rutas erraticas de su mirar.
    ¿se puede comprar el olvido en las esquinas?

    Celebramos lo erratico
    lo aparentemente olvidado.

    mor faya
    ruben

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